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EMPRESAS: Compañías tecnológicas y sus mitos de la libertad en línea

EMPRESAS: Compañías tecnológicas y sus mitos de la libertad en línea
Diana Buitrago

Compañías tecnológicas y sus mitos de la libertad en línea

La promesa de un internet bajo la benigna supervisión de los innovadores nunca fue alcanzable

La red no puede rendir homenaje a las preferencias nacionales ni a las sensibilidades culturales.

Archivo particular.

Al principio, hace unos 20 años, todo era simple. El internet pertenecía a todos y a nadie. Era un espacio libre de interferencias estatales, un lugar para que los individuos expresaran sus opiniones. Miles de millones de conexiones digitales desafiaron las fronteras nacionales o los anticuados argumentos acerca de los sistemas competitivos de la organización política. Ah, y la web prometía incalculables riquezas para geeks tecnológicos de Silicon Valley y más allá.

Esta historia idealizada del espacio cibernético como un reino independiente y anárquico todavía tiene gran resonancia. A cualquiera que se le ocurra decir que existe la necesidad de regulación nacional seguramente sería acusado de desatar la “balcanización” de la verdadera comunidad global. Culpar a Google o a Facebook de publicar vil propaganda solicitando el asesinato de inocentes es desafiar las libertades de todos los que poseen un teléfono inteligente o una tableta.

Se puede ver por qué. La web ha sido una fuente de empoderamiento y de libertad. Sirve como aliada del individuo en contra del poderoso, y es un canal de influencia para aquellos que han sido privados de voz y voto. Ha acabado con el monopolio de información de las élites y ha apoyado nuevas comunidades a través de fronteras. Está completando el despertar político global que comenzó con la televisión por satélite.

No es casualidad que los gobiernos más ansiosos por controlar la web hayan sido los más temerosos de la libertad y de la democracia. Dondequiera que se halle un autócrata desagradable se encontrarán equipos de técnicos censurando redes sociales y callando la disidencia digital.

Por supuesto, ha habido una cierta pretensión de control. Algunas reglas siempre han sido pertinentes. Nadie se queja cuando se cierran sitios web que promueven la descarada criminalidad, cuando se elimina la pornografía infantil o cuando se captura a los estafadores cibernéticos. La democracia distingue entre la libertad y la licencia; la libertad de expresión no se extiende a gritar “fuego” en un teatro lleno de gente.

Por su parte, las empresas tecnológicas se han posicionado astutamente. A pesar de que se han convertido en gigantes globales, se han presentado como guardianes de los indefensos contra el Estado. Cuando Apple rechaza una solicitud legal para divulgar el cifrado de uno de sus costosos dispositivos, se envuelve en el manto de la libertad.

Cuando a Google o a Facebook se les acusa de publicar ilegales incitaciones a la violencia, afirman que no son empresas de medios. No, son bibliotecas u oficinas postales, simples agentes a la merced de sus propios algoritmos. Por supuesto, si alguien se queja de ésta o aquella página web, considerarán quitarla, y luego esperan aplausos por su responsabilidad social.

Estos absurdos nacen de una mentalidad que dicta que estas compañías deben estar por encima del resto de nosotros. Después de pasar un reciente fin de semana con una porción significativa del conjunto de Silicon Valley, he llegado a la conclusión de que realmente creen en su propia publicidad.

La red no puede rendir homenaje a las preferencias nacionales ni a las sensibilidades culturales. ¿Por qué deberían los meros políticos decidir dónde, por ejemplo, tiene que estar la frontera entre la seguridad nacional y el derecho a publicar videos que describan los puntos más precisos de la fabricación de bombas?

Según esta lógica, Apple tiene más derecho que el Gobierno o que los tribunales para decidir si un inquebrantable cifrado es mejor para la sociedad que permitir que las agencias del orden público tengan acceso a los iPhone cuando están persiguiendo terroristas.

Y si piensas lo contrario, entonces debes estar a favor del “estado profundo”. Sugerir, digamos, que a los espías se les debiera permitir monitorear el tráfico digital de extremistas como los responsables de los asesinatos de Mánchester y de Londres es estar a favor de la “vigilancia masiva”.

En este mundo de ‘Alicia en el País de las Maravillas’, las compañías tecnológicas acumulan cada detalle de información personal de las cuentas de sus usuarios para venderlo a los anunciantes. Pero luego se oponen a cualquier intrusión estatal calificándola como una ‘licencia’ para los espías o como un avance hacia el autoritarismo.

La verdad es que, por supuesto, la anárquica promesa de un internet bajo la supervisión benigna de los empresarios, de los innovadores y de los geeks tecnológicos de buenas intenciones siempre fue un ideal inalcanzable. La red actual está dominada por un puñado de corporaciones globales cuyo sentido de realidad alterado, según sus propios intereses, se ha convertido en una excusa para evitar las responsabilidades exigidas de todos los demás. Quienes fueron alguna vez una fuerza disruptiva –pensemos en Amazon son ahora ‘buscadores de renta’.

Este poder de mercado –Google domina las tres cuartas partes de las búsquedas globales, mientras que Google y Facebook juntos representan tres quintos de los ingresos de publicidad digital– les permite a las compañías fijar sus propias tasas impositivas, excluir a los competidores y elegir qué reglas aplicar.

La respuesta proporcionada por un libro de texto de economía es separarlas. En otros sectores de esa ciencia no se tolerarían tales concentraciones de poder. Basta con observar las decisiones antimonopolistas del pasado en los sectores del petróleo y de las telecomunicaciones. Sin embargo, también necesitamos una declaración de intención política: las compañías tecnológicas no pueden operar por encima de los valores y de los estándares de nuestras sociedades.

Para una nación como el Reino Unido, por ejemplo, o para cualquier país que se encuentre bajo un ataque terrorista inspirado por propaganda en la web, nunca existirá una respuesta “correcta” en relación con dónde fijar el equilibrio entre seguridad y privacidad, o entre libertad de expresión y licencia. Parece claro, sin embargo, que ésta es una decisión que se debe tomar en Westminster en lugar de en algún campus californiano. Algunos llaman a esto balcanización. Yo creo que democratización es una mejor descripción.

Fuente: Portafolio
Imagen: Archivo Portafolio
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